lunes, 5 de diciembre de 2011

OH, JERUSALEM

En esta mañana gris en la vieja Sefarad, una oración por La Ciudad con mayúsculas. Ha habido muchas -desde Susa a Roma, pasando por Alejandría-, las sigue habiendo -París, Londres, Nueva York-, pero La Ciudad sigue siendo ella, eterna, dolorida y sagrada: oh, Jerusalem.

Hace sólo un par de semanas, me bajé de un autobús frente a la Estación Central jerosolimitana, con el fin de coger otro autobús que me llevara a Tel-Aviv, “la que nunca duerme” de Oriente Medio. Ayer vi con horror cómo la bomba estallaba en el mismo sitio que yo había pisado recientemente. El terrorismo volvía a golpear a la capital de Israel después de siete años, nada menos, y yo estuve allí, cuando quizás los terroristas estaban en fase de toma de decisiones sobre el día y la hora a la que debía morir alguien más para que todo siga exactamente igual por aquellos lares.

En esta mañana, sólo pido una oración por ese puzzle de ciudad, hecho de retazos de culturas y religiones, que guarda bajo el subsuelo la masacre del año setenta, la de los hombres de David contra los jebusitas y quién sabe cuántas más. ¿Es acaso éste el sino del ser humano, del israelita, del judío, de la propia ciudad?

No puedo hacer mucho más que pedir una oración por Jerusalem, que abarque a todos, para ver si eso sirve de algo o hay que seguir desangrándose hasta el Armaggedon final. Una oración por las víctimas, por los asesinos, por los comentaristas occidentales malintencionados, por los gobiernos y por el pueblo expectante de a pie.

Oh, Jerusalem, si te olvidara...