sábado, 5 de mayo de 2012

AJAREI MOT-KEDOSHIM: SANTOS Y SEPARADOS

La parashá de esta semana, como algunos años ocurre, está formada en realidad por dos parashiot. La de “Ajarei-Mot” y la de “Kedoshim”. La razón de su unidad no es otra que la ubicua presencia en las mismas del concepto que las sintetiza: la santidad, con mayúsculas y con minúsculas. No olvidemos que el Eterno la predica de sí mismo también.

Por supuesto, con esta explicación no descubrimos nada que no esté desmenuzado en todas las fuentes disponibles. Tampoco añade nada decir que la santidad se interpretaría tanto por los tannaítas  como por las fuentes rabínicas posteriores como “separación”. Así lo testimonió Rashi en la Edad Media; sin duda, heredero de una tradición bien conocida por sus antepasados.

Lo que nos interesa resaltar es la trascendencia de este concepto para la posteridad. Tanto para el pueblo de Israel como para su heredero apócrifo, el cristianismo. Para Israel, para el pueblo judío en definitiva, se trataría de su manera de “estar” en el mundo de ahí en adelante. Para el cristianismo, que se atribuye, no sin cierta impudicia, el ser el verus Israel, la invención o el perfeccionamiento de nuevas formas en la vía de la espiritualidad, como son el ascetismo y el monacato, ya sea masculino o femenino.

Evidentemente, la  santidad por la separación, interpretada por unos primero y por otros después, es un concepto diferente y, en muchos casos, hasta divergente. Los hijos de Israel se separan del mundo, pero permaneciendo en él, ya que mantienen todos los postulados de una vida secular y, al mismo tiempo, la cargan de límites y de barreras para alejarla lo más posible de lo mundano. Y eso, toda vez que la separación extrema, habiendo existido, como por ejemplo en el caso del mundo esenio, había resultado un fracaso. Al menos, es ésta la explicación del mundo rabínico al colapso de las múltiples formas de judaísmo de la época del Segundo Templo que no fueran la superviviente y rediviva de Yavneh: pero es otra historia que merece un aparte. Los hijos de la Iglesia, por su parte, acaban separándose de lo humano, en una vana pretensión de ser algo así como seres angelicales: sin sexo y sin ego, negándose a sí mismos para llegar a D'os.

Se trata en ambos casos de un concepto muy bello, pero, como decimos, muy poco humano. Objetarán los teóricos del rabinismo que su forma es más asequible y, por tanto, más verdadera: sin negar al hombre, como los sacerdotes y monjes cristianos, se acercan, sin embargo, a D'os por su estricta observancia de prohibiciones y a través del cumplimiento de las mitzvot. No les falta razón, pero se olvidan de una cuestión para nada insignificante: se alejan de su prójimo, entendiendo como tal al “no judío”. Y eso, en nuestra humilde opinión, deshumaniza en igual medida que el negarse a uno mismo, tal como D'os nos ha creado. Ese Creador, cuyo propósito al dotarnos de una determinada naturaleza, sea que experimentemos la imperfección para, una vez asimilada, poder iniciar el camino de la perfección que, seguramente, al final de un largo recorrido, nos espera.